EL Botánico Himler
Nací en 1915 en Darmstadt, una
ciudad en el centro de Alemania. Mi verdadero nombre es Heinz Brücher, de joven
me interesé por la biología y la botánica. Al terminar mis estudios el tercer
Reich se gestaba firme, me enlisté para la SS y bajo el mando de Heinrich
Himler fui nombrado teniente cuando tenía veintisiete años.
En el año 1943 estaba a cargo de
la Unidad Especial de Ciencias, fui conocido por entonces como “El Biólogo de
Hitler”.
El objetivo de nuestro
departamento era desarrollar todo lo necesario para que Alemania pudiera ser un
país autárquico. Queríamos poder cerrar nuestras fronteras y no depender de un
contacto con el mundo exterior. En mi caso, fue encomendado crear vegetales y
legumbres que pudieran cultivarse en climas extremos, resistentes a las pestes
y plagas.
A mediados de ese mismo año, me
ordenaron apoderarme de las semillas y todos los estudios que Nikolay Vavilov
había distribuido en 18 centros de investigación secretos a lo largo de Unión
Soviética. Pudimos saquear las de ucrania, transportamos todo al castillo de
Lannach en Austria.
Los siguientes dos años investigué
para hacer híbridos de trigo, los primeros almácigos crecían fuerte y vigorosamente,
inclusive a gran velocidad frente a la muestra de control. Los estudios de
Vavilov son de gran ayuda, sus semillas modificadas genéticamente son un
verdadero espectáculo, lamento que una mente tan brillante terminara de ese
modo, Stalin consideraba algo burgués la botánica y lo mando preso donde murió
de hambre totalmente olvidado, pero yo terminare sus estudios y el Tercer Reich
verá gloriosos un amanecer libre de hambruna y el Führer se regocijaría de
nuestros logros. Después de todo somos el Annerherbe, estábamos destinados a
gobernar el mundo y realzarnos con una sociedad perfecta.
Pase los días en el castillo,
leyendo y preparando los siguientes asaltos al resto de los centros de estudios
de Nikolay, las armas y los carros ya estaban listos, pero un telegrama nos
puso de sobre aviso de que en el frente los aliados avanzaban peligrosamente.
Supuse que no deberíamos preocuparnos, en invierno no puede haber ofensivas
serias, seguramente podríamos reagruparnos. El estado mayor debe estar
preparando tácticas para detenerlos.
O al menos eso fue lo que yo
pensaba, el mismo Himler se presentó una tarde, me sorprendió en los cultivos
tomando muestras de PH en el agua. Lo acompañaba una pequeña escolta de sus
guardia de elite, al presentarse no podré olvidar su imagen, estaba despeinado
y con la barba sin afeitar de hace al menos cinco días, el gorro bajo el brazo
derecho y la funda de la pistola bacía. Mientras tomaba agua como un desaforado
sus ojos permanecían abiertos mirando un punto fijo en el cielo. Secó el agua
que escurría por las comisuras de sus labios y respiró profundo, bajó la vista
y sin titubear su voz en un tono bajo se escuchó en medio del estupor de todos
los que estábamos allí.
- El
frente está cayendo – su postura erguida ha decaído igual que su imagen.
- ¿cómo
dice? – pregunté con la voz débil mientras trataba de encontrar un banco de
madera para sentarme al sentir que las piernas se debilitaban
- Lo
que escuchó teniente, el frente está cayendo – se reincorporó y su voz resonó
en todos los rincones.
- Eso
no es posible, con todo respeto, pero seguramente el Führer enviará refuerzos.
Resistiremos, lo haremos como lo hemos hecho antes – mi voz tartamudeaba
- El
Führer se ha refugiado en su bunker personal, no habrá refuerzos esta vez. El
invierno fue más duro de lo normal, los soldados no tienen que comer ni abrigo.
Nuestras vías de abastecimiento fueron interceptadas por los aliados.
- Pero
señor, nuestros soldados pueden resistir – apelé con intensión de hacerle
entrar en razón.
- Nuestros
soldados mueren de hambre teniente – me gritó dando un paso adelante, quedó su
nariz a escasos centímetros de la mí, y pude ver como la sangre se apoderaba se
su mirada – mientras usted juega aquí en Austria al resguardo nuestros soldados
se han comido a su propios caballos para evadir la muerte.
- Pero
… - caí finalmente desplomado sobre el banco de madera – y ¿qué nos ha
informado el estado mayor en el frente?
- Ya
no queda nada, todo se ha perdido, es inminente que los tanques lleguen a
vuestra posición. Deben quemarlo todo – al decirlo con un ademan señalo las
siembras y el castillo.
- No
– dije con voz firme – debo insistir el Führer en persona me encomendó
desarrollar… - fui interrumpido intempestivamente.
- ¿Debo
recordarle que el Führer se ha retirado? Recibiremos ordenes para reagruparnos,
pero por ahora debe destruir todo, nada puede quedar en manos del enemigo.
- Pero
es el estudio de mi vida…
- ¿No
ha entendido? ¿O debo ejecutarlo por traición? – lo gritó con toda la potencia
de voz
- No,
claro que no. Todo será destruido – le dije reincorporándome
Acomodó la gorra arrugada en la
cabeza y con saludo marcial golpeó los tacos, giro con violencia y se retiró
seguido por su guardia personal.
En el patio se escuchaba el
silencio, apenas interrumpido por algunas detonaciones a escasos kilómetros.
Recorrí las miradas inquietas que me pedían explicaciones y no tuve palabras,
solo les indiqué volver al trabajo.
Corrí a una de las torres que
tiene ventas con dirección al bombardeo. Mientras subía escuché a lo lejos las
sirenas antiaéreas, una vez arriba logré ver el humo y se me encrespó la piel
mientras el corazón se detuvo por un segundo. La luz se empezaba a disipar
aquella tarde y en mi laboratorio dos soldados esperaban órdenes. No pude
hacerlo, no pude destruir mi trabajo. Les ordené cargar mis cuadernos y
muestras en un auto. Uno de ellos protestó y tuve que dispararle para que el
otro acatara las órdenes. Ya entrada la noche escapé solo en medio de los
estampidos que se acercan. Ordené a los soldados resistir la invasión hasta que
no quedaran más que cenizas del castillo.
La ultima vez que me volteé para
ver atrás, vi en el cielo un resplandor naranja y las lenguas de fuego
consumiéndolo todo.
Esa fue la ultima vez que pude
usar el uniforme, volví a mi pueblo natal, sé que allí encontraré refugio,
resisten todavía algunas células de la SS que me cobijaran.
Dos años pasé en secreto,
continuando con las investigaciones que me habían sido asignadas.
Los días eran largos, no puedo
caminar por las calles con libertad, los aliados han dado caza al cuerpo
científico, todavía somo más buscados que los altos generales o soldados de la
guardia.
No me había despertado ese martes,
cuando derribaron la puerta. Siempre tenía junto a mi cama la Luger, cargada en
la funda. Disparé hasta que me quedé sin balas, tres cayeron, pude darles
muerte porque ninguno de ellos disparaba. Supe que no querían darme muerte,
solo aprisionarme, corrí a un cajón donde guardaba mis pastillas de cianuro he
intenté tragarlas, pero un golpe en la cabeza apagó la luz de la mañana que
entraba por la ventana.
Pasé tiempo cautivo, los aliados
me obligaron a trabajar para ellos, cada tres días un oficial con traje de gala
se aparecía para entrevistarme. Ante las negativas se retiraba en silencio, sin
amenazarme ni hacer promesas. No concí nunca mi ubicación y tenía prohibido
hablar con cualquier persona.
El hambre me pesaba y mi convicción
empezaba a claudicar. Aquellos imbéciles solo me mantenían apenas vivo, y
aseguraban que mis avances y buen comportamiento me conseguirían una mejor
vida. pero Jamás les di algo que valiera la pena, podré ser un desertor, pero
jamás traicionaré al Reich.
Un soldado apreció de mañana con
una pila de libros que pedí la semana anterior y al estirarse sobre la mesa
para dejarlos dejó ver un águila en los gemelos de la camisa, apenas asomaban
bajo el uniforme norteamericano, pero la señal era clara. Atónito los miré por
unos segundos, luego busqué los ojos azules de aquel muchacho, me saludo con la
señal de Führer y soltó un << A sus órdenes teniente>> tembló mi
mano y devolví el saludo, dudé de que fuera una trampa así que de inmediato me
levanté para retirarme de la habitación. Escuché a mis espaldas un arma que
quitaba el seguro. << señor, afuera hay un auto, será perdonado por huir
si se retira ahora y se dirige al lugar marcado en el mapa que encontrará en la
guantera>> me detuve y sequé el sudor de la frente. El soldado salió de
la habitación y se escucharon gritos y disparos. Tardé cinco minutos en salir,
temía que alguien quedara con vida. como el joven no volvió a entrar por mí
salí asomándome de apoco por la rendija de la puerta entreabierta. Afuera hay
cinco cuerpos en charcos de sangre, no sé quién es quién, pero sin dudarlo subí
al auto y hui de allí, durante algunas calles esperé que la sien me reventará
por el acierto de un franco tirador, pero eso no pasó.
Manejé durante horas, hasta
Darmstardt, en un sótano azotado por una granada saqué de un falso muro lo que
quedaba de las muestras de Nikolay y los cuadernos que me quedaban. Pensé
durante media hora que hacer, pero recordé que los desertores son juzgados por
traición y cambié el rubo dirigiéndome a Suecia para iniciar una nueva vida
lejos del ejército.
Al menos eso es lo que pensaba,
los primeros días fueron de reconocimiento. Tarde dos semanas en descargar las
semillas del auto, tenía miedo de que alguien pudiera haberme seguido. El
mercado era pobre, la guerra ha dejado su marca en todo Europa. En las calles
la gentuza se mezcla sin piedad, preferiría pagarle a algún muchachillo porque
fuera a buscar mis víveres, pero estaba sin dinero. Cuando ya no me quedó nada
me acerqué a una casa de empeños, un hombre de rasgos arios me hizo sentir
confianza y me atreví a mostrarle un reloj de bolsillo con el águila grabada en
sus tapas de plata, cuando lo vio me miró fijo unos segundos, luego soltó un
interrogatorio sobre su procedencia. No soy bueno mintiendo, el caminó hasta la
puerta y tras mirar por la ventana bajó la cortina, se volteó y con la mano
extendida Heil Hitler. Respiré profundo y coloqué con el índice el seguro de la
pistola que sostenía en el bolsillo derecho.
Me invitó un té, hablamos largo
rato y entre muchas preguntas me contó su historia, su cuñado fue apresado
cuando abandonaba Auschwitz, donde se desempeñaba como guardia de un coronel
que no recuerdo. El hombre usaba la palabra “perros” para referirse a los
rusos, los detestaba quizás más que yo. Caída la noche le recordé mi motivo de
visitarle <<un héroe como usted no debe sentir penas, ni pasar miserias,
un hombre del Führer debe ser tratado como un santo>> lleno contra mi voluntad
un saco con dinero y otro con alhajas de oro. Por último, me indico una
dirección en el centro y me dijo << allí van a tratarlo bien teniente
solo dele su número>>.
Pasé por la vereda del lugar toda
la semana sin animarme a entrar. Solo pude ver salir algunos hombres por la
tarde, nada extraño. Una noche envalentonado por un botella de vodka, escribí
en un papel N.º 3.498.152 y cuando un hombre ancho, de hombros caídos y
boina sobre la ceja derecha me miraba lo mostré. El tipo entro en el lugar y
cerró la puerta en mi cara sin decir palabras. Unos segundos después, se volvió
a abrir y esta vez el muchacho con la espalda recta me dijo <<es un honor
señor Brücher>> y con un ademán me instó a entrar. En un salón, mas bien
pequeño, el humo de los cigarros y habanos nublaban la vista y entre la
bullicio de la gente casi tapaba la música de un cuarteto de cuerdas que suena
en el fondo. En la barra, recuerdo haber pedido tímidamente un Jägermeister,
esperaba sorpresa en el muchacho, pero este se volteó y con movimientos rápidos
mezcló botellas en un pequeño vaso y me sirvió lo que, para mí, ha sido el
mejor brebaje que he probado.
Tomé por costumbre ahogar mis penas en la mesa
más alejada de las escenas violentas, siempre los ebrios buscan peleas y yo no
me sumo a la violencia. Una noche fui interrumpido por un hombre de saco negro
y peinado engomado en exceso. Dice ser argentino, me asegura que su país
estaría orgulloso de servirme de cobijo en tan difícil momento, ante mi
negativa él insiste agregando << sus servicios no deben ser perdidos por
la humanidad teniente, mi gobierno ofrece asilo, un laboratorio y equipo de
investigación para que continúe sus estudios. Solo piénselo, otros colegas
suyos ya viajan en barcos camino al nuevo continente>> apagó su cigarro
mientras se colocaba el gorro y dejó un papel con una dirección sobre la mesa.
No me sentí tentado en aquel momento, pero por si las dudas guardé en la
alacena de los platos el papel.
Caminaba por las mañanas y para mantener la
mente despejada, comía en casa al medio día y por las tardes trataba de seguir
mis pruebas en cultivos en el patio de la casa, por las noches releía una y
otra vez los cuadernos de Vavilov que pude rescatar. Así pasaron algunos meses
de tranquilidad.
Una mañana, caminaba sin prisa cuando una chica
joven me dijo <<Maestro, discúlpeme, necesito un minuto de su
tiempo>> fue la primera vez que vi a Ollie Berglund la chica más bella
que había encontrado en esta tierra, resultó ser botánica también. Comenzamos
enseguida una larga historia de amor incondicional, a su lado los meses
comenzaron a sucederse más a prisa. Tuvimos un hijo y nos afincamos en el
pueblo pensando que allí acabarían nuestros días, pero ella estaba embarazada
cuando asesinaron al dueño de la tienda de empeños, que se había convertido en
un hombre importante para nuestra pequeña sociedad secreta. En las calles se
dice que un grupo de israelitas había llegado al pueblo y fueron vistos
saliendo de la escena pocas horas antes de que lo hallaran muerto.
Extremamos las medidas para seguir pasando desapercibidos,
pero no me parecía seguro, así que busqué el papel que años atrás había
guardado en el estante de los platos. En la dirección encontré solo ruinas y
desbastado me quedé viendo el abandonado lugar. Un hombre se paró a mi lado y
sin decir una palabra me puso en las manos una carta con varios sellos
postales, atiné a abrirla y su mano me detuvo. <<entiendo
entiendo>> dije guardándola en el bolsillo. Una vez en mi estudio la abrí
con cuidado, en pocas líneas me instaban a presentarme en el nuevo continente,
la recorrí con ligeros temblores en el pulso, hacía más de tres años que no
tenía noticias de la SS, pero abajo firmaba Walter Georgii el reconocido meteorólogo,
y a escasos centímetros una post data
<< El Führer lo necesita camarada>>
Estuve a punto de desecharla y huir de nuevo,
pero esa misma noche el club fue quemado hasta los cimientos por los
Israelitas, nueve compañeros murieron tratando de resolverlo. Esa misma noche
tomamos todo el dinero, mis apuntes y muestras para comenzar el viaje a la
Argentina.
Fuimos bien recibidos en el puerto, una misiva
del gobierno se encargó de la media tonelada de material de estudio que
traíamos, de nuestros papeles y estadía. Nadie nos dijo una sola palabra de
nuestro futuro. En el hotel las indicaciones estaban en un sobre cerrado.
Al día siguiente de nuestra llegada nos
embarcamos en un tren que durante poco más de un día nos llevó por distintas
estaciones en pequeños pueblos hasta la que terminaría siendo nuestra tierra,
la provincia de Mendoza. Un auto nos esperaba en la estación, por el empedrado
se sacudían nuestras maletas mientras avanzábamos. Frente a la plaza vivimos
tres días en un hotel sin noticias de nadie. Al cuarto día mientras fumaba en
el balcón un auto se detuvo y se bajó en plena calle la mismísima Hannah
Reitsch quien supo ser un emblema de la fuerza aérea alemana. Nunca había
tenido el placer de conocer a la piloto, pero su imagen estaba por todos lados
aquellos años, era quien se dirigía a las mujeres para animarlas a colaborar
con el Tercer Reich. <<teniente baje, tenemos poco tiempo>> gritó a
plena voz y para colmo en alemán. Bajé apresurado para obligarle a callar, pero
mientras subía al carro dijo << somos libres aquí, a nadie conoce su
nombre y a nadie le importa, el gobierno nos apoyará a cambio de nuestros
conocimientos.
Luego de algunos minutos de ponernos al día, el
auto se detuvo frente a un edificio, era la llamada Facultad de Cuyo. En una
oficina detrás de una maquina de escribir se encontraba Georgii, me puso al día,
recitó de memoria una lista de camaradas en el país, entre ellos el propio
Menguele lo que me hizo pensar en que de verdad estábamos seguros aquí, además
me indico todo lo que podía hacer y lo que no.
Desde ese día vivimos siendo parte del
comunidad científica y de la clase decente del país. Cuatro años trabajamos
juntos con Georgii en la casa de estudios de la provincia, sin descanso investigué
todo lo que pude, y bajo el nombre de Enrique publiqué un sinfín de estudios
acerca de la botánica, volé mucho a Venezuela a dar conferencia es una de sus
universidades.
Georgii, y Hannah planearon un viaje nocturno a
al Sur del país, en la Patagonia se incorporaron a un grupo de elite que
aseguraba preparar la llegada del mismísimo Hitler. A su regreso ambos
evadieron mis preguntas y un día Walter me miró a través de sus gruesos lentes
y me ordenó dejar aquello en el olvido. Desde ese momento nuestra amistad se
desvaneció y en el año 58 dejé el lugar para dedicarme a mis propios estudios.
Años después, mientras me encontraba dictando
una cátedra en centro américa, interrumpieron mi café en el recreo, un oficial
me informó que mi esposa y mi hijo mayor habían tenido un accidente, murieron
ambos. Regresé a Argentina con mi hijo más pequeño y empeñe la mitad del oro
que había en el entretecho del cuarto en comprar una pequeña finca a un buen
hombre que más tarde sería un gran amigo, se hacía llamar Don Ernesto, su
apellido era Forlán.
Don Ernesto se mostró especialmente interesado
en mi trabajo y durante tres años me dio asilo en una de sus bodegas, mi hijo
menor, fue criado en la finca que había comprado y nombrado “Condor Huasi”. No
es que no quisiera verle, es solo que su rostro me recordaba mi dolor. De a
poco me atreví a volver a verle cada vez más y terminé por encerrarme en la
finca junto a él.
Las fincas de Forlán eran miserables, no daban
uvas decentes, y me dediqué en mis tiempos libres a injertar sus vides, solo
pasaron algunos años hasta que sus vinos comenzaron a ganar distinciones. Con
mi ayuda contactó algunos amigos en Europa con los que hizo grandes negocios.
Mi gran trabajo seguía oculto por su puesto,
sin embargo, hace más de una década que no había recibido contacto de ninguna
agencia de inteligencia, por eso es por lo que 1989 publiqué mi gran trabajo
oculto entre líneas de un ensayo de plantas tropicales. Pero el verdadero
descubrimiento necesitaba financiación, por eso lo envié en ingles a Norte
América. De inmediato el gobierno estado unidense se presentó, pero solo
pretendían comprar mis servicios. Esos sucios americanos no son dignos de la
obra de mi vida.
Pero también encontré algunos nuevos enemigos,
una carta firmada por Pablo Escobar llegó a mis manos junto a una bala dentro
del mismo sobre.
El estudio de mi vida era un hongo que podría
acabar con las plantaciones de Coca, pero era demasiado poderoso para dejarlo
en manos de algún gobierno que solo quiera poder frente al narcotráfico. Fue
esto lo que me llevó a planear junto a Vicent Cabrera, mi fiel contratista a
quien prácticamente he criado. El viajará a Bolivia con una jeringa, con solo
liberarla en las plantaciones acabaremos con más de 200 hectáreas de cultivos,
sin dañar ningún otro tipo de plantaciones.
Mi querido Daniel Gade, cuando esto suceda el
mundo sabrá el poder de mi creación. Te pido perdón por haberte ocultado hasta
ahora mi verdadera identidad, pero fue por tu propia seguridad.
Sin embargo, temo por mi vida, desde aquella
publicación bajo mi verdadero nombre han pasado dos años y mis enemigos se
cuentan en docenas. Los Israelitas han preguntado por mí en la Universidad, la
DEA hace lo propio, los narcos y los americanos no están lejos. He tenido que
adelantar el viaje de Cabrera para fines de la semana próxima.
Espero tener éxito Daniel, pero si no
sobrevivo, tendrás en honor a nuestra amistad esta carta que te ayudará a
comprender los secretos que hubo en nuestros años de amistad.
P.D:
recuerda siempre que tanto
Enrique
como Heinz han apreciado tu compañía.
Con
aprecio, Brücher Heinz
17/12/1991
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