El Manco
Me llamo Fernando Robledo, y soy “El Manco”
No siempre
fui así, hoy mi peso debe superar los 120 kilos, mido 1,9 metros. Quizás delata
más mi edad la calvicie que se mezcla con los pocos, desordenados y rizados
pelos blancos que me quedan, que el aspecto descuidado que me caracteriza.
No recuerdo
cuantos años han pasado, dejé de contar hace tiempo, no hay nada que me
recuerde qué día es hoy.
Por lo
que a mí respecta hay solo dos cosas que me importan. La primera, es el vino,
la segunda son mis animales, que por supuesto cambiaré por más vino.
A mis 35
años, tenía una vida, y por cierto muy buena.
Me recibí
de contador público a los 26 años, graduado con honores. Obtuve de la misma
casa de estudios una pasantía para realizar mi tesis en el Banco Central de la
Republica Argentina.
La tesis
presentó un modelo económico basado en la redistribución de los fondos de
retiro en la obra pública, generando con esto una reactivación en el sector
privado.
El modelo
se aplico con algunas modificaciones, pero igual me permitió generar algunas
amistades de círculos muy adinerados.
Los primeros
años lo manejé bien.
El día
de mi boda, mis nuevos amigos fueron muy generosos. Los sobres, que se
acumulaban en mis bolsillos, incluían desde dólares, bonos, cheques e inclusive
llaves. Estas últimas fueron seguidas de un ademán del inversionista automotor
más importante de la provincia. Lo seguí como entendí que pretendía, en el
estacionamiento encontré un deportivo, lo mejor que alguien podría pedir.
Cuando llegamos
a nuestro departamento, contamos el dinero. Haciendo corta la historia, fue
suficiente para comprar un terreno en alguno de los barrios más codiciados y
comenzar con la construcción de la casa de nuestros sueños.
La aplicación
de mi modelo económico comenzó en setiembre de ese año. Me fue otorgada la
tarea de revisión y verificación de la viabilidad de los proyectos de obra
pública que se presentaban en el congreso. Dicho de otra manera, aunque en la
sombras, yo era quien decidía que votarían los políticos. Fue allí donde todos
mis amigos, comenzaron a tratar de recordarme los favores que habían tenido en
el pasado conmigo.
Los
primeros dos, eran presupuestos chicos, un par de miles de millones de pesos. Como
resultado obtuve más agradecimientos, entre ellos algunas hectáreas en la
provincia, por solo permitir algunas
reparaciones menores en la casa de gobierno. La segunda solo remodelar oficinas
municipales en el norte y por ellas recibí algunos animales para mi nueva
quinta.
Pero la
tercera fue un problema. El presupuesto para realizar una carretera, superaba
los ochenta millones de dólares. Debo decir que las invitaciones para hablar de
las propuestas pusieron en contra a varios de mis allegados. Todas las constructoras
del país, e incluso algunas extranjeras, querían una parte del presupuesto para
sí mismas.
Al principio,
solo viajaba en aviones privados para charlar informalmente con los empresarios
en algún asado.
Yo de
verdad quería ser honesto, tenía la casa de mis sueños, más dinero del que
podría gastar y un hijo en camino, pero la tentación no tardó en llegar.
Empezaron
a aparecer regalos cada vez más desmesurados. Pero a todo eso pude manejarlo
por separado.
Sin embargo
esa noche, en Mendoza me presentaron lo que sería mi perdición.
Por mi
oficio, los números y modelos matemáticos eran casi mi propio idioma. Creí que
jugar a las cartas sería entonces para mí algo natural.
Perdido entre
el alcohol y la cocaína, en una mesa con los accionistas de la constructora más
grande del país, gané el titulo de la propiedad en la que nos encontrábamos,
luego tuve relaciones con dos mujeres, consumí drogas sobre sus cuerpos y realicé
todo lo que esta mal.
Ya despuntaba
el sol por las ventanas del cuarto, cuando sonó mi celular, el identificador
mostraba una foto de mi esposa embarazada. Creo que algo me hizo clic en la
cabeza y tuve miedo de que supiera en lo que me había convertido.
El sonido
de un obturador interrumpió el camino de la lágrima que se estaba formando en
mi ojo derecho. Una de las dos chicas con las que estaba acostado, hacia
selfis por la habitación, inclusive una junto a mí.
Recuerdo
que me invadió la ira de una manera que no pensé posible. Miré la foto de mi
esposa de nuevo, y la vista se nubló cuando caminaba enfurecido hacia la estufa
donde ardían algunos troncos de madera.
Lo siguiente
que recuerdo es estar arrodillado a dos metros de la cama, desnudo, bañado en
sangre y pedazos de carne. En mi mano tengo un atizador.
Sobre la
cama una de las chicas todavía se retuerce, la otra esta justo frente a mí, no
reconozco en su cara destrozada cual de las dos es.
Las puertas
esta abiertas, mis compañeros de cartas hablan entre ellos sin que yo logre
escuchar, algunos fuman, ríen y bromean al verme en semejante escena.
El más
viejo caminó y se paró a mi lado, mirando a uno de los más jóvenes ordenó que
me levantaran del piso. Alguien le pasó mi teléfono que volvía a sonar.
-
Es tu esposa – dijo mostrándome
la foto.
Asentí con
la cabeza, en medio de un llanto silencioso que me hacía temblar la barbilla.
-
La cagaste, ¿te das
cuenta pibe?
-
Si señor- dije con un
hilo de voz imperceptible.
-
Mirame bien, yo te voy a
salvar, acá no pasó nada. – y su voz ronca y grave me retumbaba en la cabeza.
Me desmaye
después de eso. Cuando me desperté, estaba en la misma cama que hasta recién
estaba bañada en sangre, pero ahora esta impecable. Tenía ropa nueva, estaba
limpio y no quedaba nadie en la casa.
Solo encontré dos hombres en el patio, cargando en una camioneta los cuerpos.
El olor
a sangre me dio ganas de vomitar y corrí al baño. Estaba allí cuando sentí que
el vehículo se marchaba.
Me dio pánico
estar solo en el lugar, pero una llamada entró en el teléfono.
-
¿Cómo estas pibe? – sonó
la gruesa voz del otro lado.
-
No estoy bien, me quiero
ir a casa, necesito ver a mi esposa. – imploré desesperado.
-
Si nene, más vale. Pero primero
vas a ir hasta la computadora que hay en el comedor, me redactas un informe sobre
algunas modificaciones que necesito en el proyecto para poder asegurarme la
licitación. ¿entendés?
-
Si, si señor. No va a haber
problemas – contesté aterrado, sabiendo que no tenía salida.
Me llevó
todo el día realizar mi tarea. Cuando llegó la noche, llevaba una botella de
wiski y 14 llamadas perdidas en el celular.
No supe
como volver a hablar con mi esposa, así que solo lo dejaba sonar una y otra vez.
Me atormentaba el zumbido del vibrador, e intenté ahogarlo en la bebida.
Ya ebrio
trate de encontrar en la hostería del pueblo un lugar donde seguir bebiendo, pero
ya no podía estar solo.
En una
mesa había tres hombres, parecían un poco brutos y sucios, presumí que quizás
ni siquiera podrían hablar bien, menos leer de corrido.
Seguía
yo tomando solo, cuando estos me invitaron a jugar a las cartas. Claro que
respondí que sí, después de todo la noche anterior gané una cabaña en el mismo
juego.
Las primeras
rondas las perdí, calculo que por el alcohol.
Los tipos
se empezaron a reír, se burlaban porque un tipo tan culto como yo no podía
ganar ni una mano. Entonces les dije que yo no jugaba bien si no hay algo que valga
la pena en la mesa.
Así perdí
en poco tiempo todo lo que llevaba, tanto perdí que tuve un problema con el
dueño del lugar, un pequeño altercado que marcaría un antes y un después.
-
Amigo, oiga amigo. – me dijo
el hombre con un tono serio.
-
¿yo? ¿Qué querés viejo? Estoy
jugando
-
Si, ya veo. Ojo con tirar
todo en la mesa. Acordate que tenés que pagar lo que llevas tomando.
Me revisé
los bolsillos, y no encontré nada, solo el celular.
-
No te hagas problema,
ahora te pago todo – dije poniendo en la mesa el teléfono frente a mi oponente.
-
No nene, ya esta, no te
toca una mano nunca. – parece que los hombres ya sentían un poco de pena por mi
mala suerte.
-
¿Sos cagón viejo?
-
¿pero cómo me decís? Tené
cuidado pichón, acá no es como de donde vos venís.
-
Entonces jugá – le dije
mirandolé fijo a los ojos
-
Sabes qué, dale, por el
teléfono vamos a jugar “manquito”. A ver si ahora te toca una mano como la
gente.
Fue la
primera vez que me dijeron manco, cuando perdí la mano, los tres se empezaron a
burlar de mi, “llora el manquito”, “pobre pibe, nunca vi alguien tan manco”. Etc.
Uno de
ellos me dijo
-
¿Sabés cual es el
problema pibe? – me susurró al oído- es que vos no te sabes bien las reglas del
juego. No importan que cartas te toquen, no sabes jugar. Por eso te dicen
manco, te toque buena o mala mano, las perdés todas por no saber.
-
Gracias señor – dije mientras
me agarraba la cabeza con las dos manos, mientras uno revisa mis fotos en el
teléfono- pero usted se equivoca, anoche jugué a lo mismo, y me gané una cabaña
acá a la vuelta. Solo es mala suerte por que estoy borracho.
-
Mirá manco, o has tomado
mucho, o anoche te tomaron el pelo.
Todos estallaron
en risas, se burlaban de mi todas las personas que estaban en el lugar, menos
el dueño, que quería cobrar lo que le debía.
Me paré
de un salto, y corrí tan rápido como pude, en medio de la noche oscura me perdí
entre los cerros. El dueño de la hostería me siguió por un rato, pero después
se quedó atrás.
-
Mañana te voy a buscar,
me vas a pagar o te cago a trompadas todos los días - gritó con todas sus
fuerzas.
Cumplió
con su promesa al día siguiente, me encontró en el patio, y sin que pudiera correr, me pegó hasta que
quedé en el piso.
Pasé tres
días sin abrir la puerta, a cada rato venía a golpearla para insultarme y
pedirme que pagara la deuda.
En la
televisión desde hace un día en el noticiero piden información sobre mi
paradero.
Pero todavía
no sé como hacer para volver a llamar a mi esposa ¿Cómo le explico lo que pasó
en cuatro días?.
Empezaba
tener una coartada, pero esa noche apareció mi cobrador. Yo estaba dormido, me
despertó a golpes con un palo.
- - Pagame hijo de puta, o te
voy a quebrar las piernas – gritaba, pensé que me iba matar.
Cuando se
cansó de pegarme, saltó de la cama y empezó a buscar por toda la casa algo de
valor.
- - No tenés nada acá manco
de mierda, pagame porque te mato.
Cada vez
que me decía manco, la verdad algo me hacía enojar. Pero solo me retorcía en la
cama de dolor. Entonces lo dijo.
- - Escuchame bien, el celular
tuyo lo tengo yo, y esa minita se cansó de llamar. Lo apagué para que no te
puedan encontrar. Vos hasta que no me pagues no te vas a ir.
Y me
mostro el teléfono con una mano. Lo prendió y puso en la pantalla una foto. En la
imagen ella esta parada junto a mí y ambos acariciamos con las manos el vientre
hinchado, donde mi hijo vive todavía.
-
A esta putita la voy a ir
a buscar yo manquito, y le voy a contar todo. ¿Querés que la llame ahora?
Es como
si me hubiese dado con eso último, la cura milagrosa. Me paré de un salto, lo
miré directo a los ojos.
- - Ya esta, se terminó el
juego. Dame el telefono, decime una cuenta y te transfiero la plata ahora.
- - ¿estas loco?, ¿qué cuenta?
¿Qué tranferencia? Vos la plata me la das ahora o llamo a esta putita ya.
Parece que
mi suerte no podía mejorar, al prender el teléfono, seguramente le llego un
aviso de disponibilidad a mi señora. Y ella empezó a llamar.
Se me
había helado la sangre y miré alrededor buscando algo para hacerle frente a
este tipo y quitarle el teléfono.
- - Huy mirá que justito, ¿querés
que consteste? – y deslizó con el pulgar el icono verde sobre la pantalla.
Escuche una voz aflijida del otro lado
- - Amor, ¿estas bien?. Amor ¿sos
vos?. Contestame por favor.
Se me
partió la cordura, salté sobre él. Intentó pegarme con el palo, pero pude
tomarlo, forcejeamos y caímos al suelo. Yo sobre él y su espalda sobre el
escalón de la pieza. Por el dolor del golpe soltó el palo.
Mi
señora en altavoz lloraba y gritaba, “Fernando, ¿Qué esta pasando?” “Fernando
constestame por favor”, yo por mi parte golpeaba la cara de mi visitante tan
fuerte y rápido como podía. La sangre saltaba cada vez que el palo rompía una
porción más de carne. El cuerpo se estremecía y empezó a convulsionar levemente.
Ya no
doy golpes, y del otro lado nadie habla en el teléfono. Solo un leve llanto y
una pregunta más.
-
¿Fernando?
Levante el
móvil, entre las gotas de sangre veo la foto del identificador de llamada. Recorro
con la vista el panorama de cosas rotas, la habitación semi oscura y el cuerpo
en los escalones de la puerta que todavía se estremece.
Entendí que
no había matado al hombre de la hostería. “El Manco” había molido a golpes a “Fernando”
y toda su vida. Miré por última vez la foto en le teléfono y corté la llamada.
El teléfono
durmió la noche en un vaso de agua, para asegurarme de que no volvería a
prender.
El hombre
que intentó matarme anoche me enseño muchas cosas. Una de ellas es que de acá no voy a salir, en eso tenía razón. Que le iba a pagar, no, en esa se equivocó.
Pero la
más curiosa es la tercera cosa. Los cerdos que están al final de la propiedad,
si hace 5 días que no comen, se comerán cualquier cosa que uno les dé. Si uno
tiene cuidado, y hace desaparecer las zapatillas, cinturones, anillos, aros, dientes
de metal etc. los cerdos no dejarán rastros de una persona bien trozada en menos
de 24 horas
Esta es
mi historia, yo soy el Manco. Si necesito comer mis animales me sirven alimento,
si necesito vino mis animales me sirven de trueque. Pero si alguien tiene un problema
conmigo, entonces serán los cerdos quienes coman…
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