Día UNO
Al día siguiente, entraba la luz por la ventana abierta,
el fresco de la montaña y la sensación de desnudez hacían un momento delicioso.
Estaba sola en la cama. Me levanté y caminé hasta la
terraza, un cuerpo envuelto en una sábana y atado cuidadosamente con una soga
reposa en un rincón, mientras un hombre en jeans, descalzo y con el torso desnudo
trapea el piso manchado de sangre.
-
Buen día – dijo al verme
No contesté, no estaba segura de lo que estaba pasando. Me
di la vuelta, apuré el paso hasta la habitación, entre en el baño y entre lágrimas
se escapa de mi comisuras una sonrisa nerviosas. No sé qué sentir.
Cuando el agua ya comenzaba a salir fría me di cuenta de
que todavía escurría de mi cuerpo con tonalidad rosa.
Por un segundo me comencé a sentir mal, pero cuando
recordé que esta vez la sangre que se va por la tubería no es mía, estuve más
animada.
Ya vestida, escuché ruidos en el comedor, bajé y ahí
estaba Román sirviendo un increíble. Nunca había visto que alguien pelara y
cortara frutas, preparara té, leche y jugo para mí.
-
Vení sentate, - dijo corriendo amablemente la
silla
-
Gracias, pero no estoy acostumbrada a tanta
atención, yo puedo. No te hagas problema – le sugerí en tono amable
-
Esta bien, esta bien. Solo quiero consentirte
un poco, lo de anoche debe haber sido duro – dijo mientras servía un poco de té
en mi taza. Luego continuó- tenía miedo de que en la noche te escaparas o hicieras
algo.
-
Podría haberme escapado, pero no me nació y
después de todo no tengo a donde ir. – incomoda por tanta atención le dije- ¿te
gustan con dulce las tostadas?
-
No, por favor, no hagas nada. Yo las preparo.
-
¿seguro? Mirá que no me molesta
Renegamos varias veces por el mismo tema durante el
desayuno, y cada vez que entablábamos una conversación, esta se dispersaba por
el mismo inconveniente. No sé si me molesta, pero repito, No estoy acostumbrada
a tanta atención. Creo que un poco me sofoca.
Para no tener una primera discusión, le dije a Román que
tenía que pensar un poco. Me dijo que sí enseguida. Debo decir que lo más
extraño de él, es que casi nada parece sorprenderle ni sobresaltarlo.
Agarré las llaves del auto y sentí un verdadero placer de
estar del lado del conductor eligiendo a donde ir después de tantos años.
Comencé a recorrer el camino de bajada entre las cabañas.
Cuando llegué a la estación de servicio llené el tanque de combustible, compré cigarros
y una botella de cerveza.
Quizás para una mujer común esto es algo normal, para mí,
era algo nuevo en todos sus sentidos.
La sensación de caminar entre las personas que había en
el lugar, sin sentir vergüenza de mi misma, comprar tabaco y alcohol sin miedo
al que dirán. Todo es nuevo, pero sé que tiene que terminar.
Me subí al auto en medio de sensaciones, y traté de
recobrar la cordura. Tarde o temprano alguien va a notar que Leandro no aparece,
y que yo no estoy en ningún lado.
Quise tomar con mis ojos la última foto mental de un día perfecto
antes del infierno, me orillé en un parador frente al lago.
Por un momento pensé que iría presa seguramente. Alguien va
a saberlo y me va a denunciar, además ¿quién es ese tipo? No lo conozco, ¿y si
me hace algo?
Entre lágrimas empecé a reírme a carcajadas, no se si
será la botella vacía que me hace efecto, o la estupidez que estaba pensando.
¿Quién lo va a reclamar a Leandro? ¿los amigos?, si la mayoría
de la veces que decía que iba a jugar al apelota o al bar, en realidad se veía
con alguna piba, no creo que ninguna de esas chicas se extrañe de que no vuelva
a aparecer. Su familia menos, si se vino de Santa Fe porque se peleó con todos
y hace más de 5 años que no tiene contacto con ellos.
De a poco me empezaba a sentir más optimista, además, ¿qué
podría hacerme Román que no me hiciera Leandro? Pensé mientras con la lengua
repasaba los dientes astillados contra el labio lleno de puntos de sutura.
Entonces me levanté, con algunos problemas de equilibrio,
y tiré la botella tan lejos como pude. Sentí que con ella se iba toda mi
historia.
Manejaba de vuelta a la cabaña, y mi cerebro alcoholizado
repasaba la noche anterior. Quizás por culpa trataba de recordar con pena el
rostro de Leandro, pero no podía evitarlo, entre la tenue luz del atardecer
solo me viene a la mente la sensación de estar envuelta en sangre y en los
brazos de Román.
Cuando estacioné, me estaba esperando sentado en el
lumbral de la puerta. Me bajé y ni siquiera cerré el auto, caminé derecho mirándolo
a los ojos.
-
Pensé que no ibas a volver- me dijo mientras
se levantaba.
-
No contesté, apuré el paso y empecé a correr,
al llegar salté sobre él y lo abracé de la cintura con las piernas, le agarré la
cara y lo besé sin pensar, solo seguí mí deseo.
Por la noche, comimos algo y al salir a la terraza me di
cuenta de que algo faltaba, pregunté por Leandro, pero solo me dijo que no me
tenía que preocupar que todo estaba terminado.
La verdad, esperaba que esa fuera la respuesta no quería
complicarme pensando en esos detalles.
Recuerdo haber pensado que después de todo, que Román
fuera tan servicial en algunos momentos es bueno.
Pensando en eso, me dio intriga saber al menos algo de
él, después de todo en las últimas 24 horas mate a mi esposo, comencé a beber,
a fumar y me acuesto con un hombre diferente después de muchos años, un hombre
del cual no sé nada.
-
¿Puedo hacerte una pregunta? – le dije acostada
en la reposera con una copa de vino
-
Si, lo que quieras – dijo mientras esta de
pie apoyado en la baranda – después de todo vamos a tener muchos secretos, pero
entre nosotros podemos hablar.
-
Si, creo que sí. Y ¿vos? Contame algo de tu
vida.
-
Uffff- suspiro- Mi vida… bueno te hago un resumen
corto - Dijo mientras se acomoda para iniciar su relato- yo la verdad que vengo
de lo que aparentaba ser una familia normal, hasta más o menos los 16 años, que
empecé a notar que en casa las cosas no estaban bien.
Un día por la noche, estaba durmiendo y
sentí una discusión en la cocina, como soy hijo único solo podían ser mis
padres.
Creo que es el instinto de todo
adolescente, refugiarse en sus pensamientos y no darle mucha importancia, pero
empezó a pasar seguido.
María, o mejor dicho mi mamá, perdón es
que no acostumbro a referirme a ella como “mamá”, había empezado a tomar en las
reuniones con las chicas los viernes. Tiempo después con papá los fines de
semana, luego en la cena, no tardó en tomar al almuerzo, media tarde, etc. de a
poco empezó a tomar a escondidas todo el tiempo.
Con mi viejo peleaban siempre por eso,
pero un día mi papá cansado del asunto se armó de coraje e intento tirar todo
el alcohol.
Fue raro porque papá siempre fue un
pollerudo nunca se animo a ponerse firme, pero esa vez se había cansado.
En el forcejeo María, mi vieja, se cae
al piso y se golpeo la cabeza. Los médico dicen que tuvo un pequeño derrame, y
de alguna manera empezó a perder la memoria de a ratos y en distintos grados,
una especie de amnesia selectiva. No se olvida de todo, ni todo el tiempo se le
olvida lo mismo.
Al principio la tuvimos un tiempo en
casa, pero cuando no reconocía a alguien era muy violenta.
Costó mucho, pero al final mi viejo la
llevo al hospital psiquiátrico Rimoldi.
Para mi fueron años muy malos, mi viejo
se sentía culpable, y como no los dejaron que se internaran juntos, se iba
todos los días a trabajar en la mañana y en la tarde a ver a mi vieja. No lo vi
nunca más, solo para dormir
-
¿Pero por eso la culpas tanto a tu vieja?
¿tanto como para no llamarla mamá nunca más? -Agregue pensado que el relato
había terminado.
-
No, por eso no.
Así pase años viviendo prácticamente solo,
tuve que aprender a llevar la casa adelante, como si fuera medio huérfano.
Pero al empezar la facultad, conocí a
Mariana. Era una chica que jamás podré olvidar, sus ojos, su boca, su ternura.
Yo sabía que si alguien no me iba abandonar
en esta vida era ella, así que le pedí que nos casáramos.
Me dijo que sí, pero como llevábamos poco
tiempo decidimos primero convivir un juntos. No habías pasado nada más que 6 meses
cuando quedó embarazada.
Todo iba bien, la pieza del bebe en la
habitación del fondo, los regalos, el nombre, etc.
-
Pero vos no tenés hijos o ¿sí? - me apresuré a preguntar un poco asustada
-
No, no tengo- dijo con una lagrima.
Me sentí muy mal por haber preguntado eso, pero antes de
que pidiera perdón el continuo.
-
Ahí viene lo que no le voy a perdonar nunca a
mi vieja.
Estábamos en la casa preparando el baby
shower, mi viejo llegó antes de la clínica y estábamos esperando a los invitados.
Golpearon la puerta y cuando Mariana abrió,
mi vieja que se había escapado, se le tiró encima. La arrastró y le pateó la
panza. Cuando entré ya era tarde.
Perdimos al bebé y a los días perdí a
Mariana.
Dijo que estar conmigo le recordaba lo
que había pasado, que no quería volver a ver a nadie de nuestro entorno.
Pobre estaba devastada, pero ¿sabes qué?
Yo también, y sin embargo, me la aguanté y la deje ir.
-
Perdón si te hace mal todo esto, no sabía que
era tan jodida tu historia – dije rellenando la copa
-
No, esta bien. Y para que esa no es la mejor
parte.
A los 6 meses veo por el Facebook de un
amigo, que estaba de novia y comprometida en Mendoza.
Casi me muero de la angustia, la empecé
a seguir por redes sociales y se comprometió, tuvieron una boda muy linda y de luna
de miel vinieron acá.
Vine esperando vengarme porque me dejó
en un momento tan duro para estar con alguien más a los pocos meses, la seguí
desde que llegué.
Me quedaba con unos primos que viven a
unos kilómetros y los convencí de alquilar la cabaña que estaba justo al frente
de la suya.
Una noche cuando salieron en el auto, saqué
a todos de la casa con la escusa de ir a los montes a jugar con linternas, pude
ver desde un risco a dónde iban.
Se hacían los románticos teniendo
relaciones en el auto, bajo las estrellas.
Al otro día, con dos primos, fuimos a
hacer una supuesta broma, nos disfrazamos y cuando frenaron el auto los asustamos.
Los demás pensaron que gritaban de sorpresa.
Pero la realidad es que cuando Mariana
miró, me alumbré la cara con el teléfono. Arrancaron el auto y quisieron salir
rápido, pero se cayeron a un arroyo seco.
A ella la aplastó el auto, y a él lo
tuve que aplastar yo.
Yo había quedado perpleja con tal anécdota. Pero… ¿saben
qué? A esta nueva Camila algo de esto le parece seductor en un hombre
-
De ahí saque un cheque al portador – continuó
diciendo Román- y compre la cabaña de al lado, esta la verdad no es mía es del
mismo señor, que como ya esta grande y no tiene a nadie me pide que le ayude con
los alquileres y compartimos ganancias.
Pude ver que no sentía cómodo, parece que algo de su
historia le incomoda.
Empezó a caminar mientras fumaba nervioso, creí que sería
bueno ayudarle a relajarse un poco.
Dejé la botella a la mitad, me acerqué y le di un beso en
la mejilla – dije en su oreja – vamos a la cama.
Quizás fue útil para él, durmió bien. Pero la verdad, yo
no he conseguido sentir nuevamente en sus manos la lluvia de sensaciones de
aquella noche frente a la mirada de Leandro.
Después de un rato volví a la reposera, con mi botella de
vino, envuelta en una frazada. El cielo estrellado es la compañía perfecta.
A los pocos minutos, la noche se vio interrumpida por una
voz, parado a mis espaldas comenzaba a darme un masaje mientras dijo
-
Perdón, al final siempre que me acuerdo de Mariana
me pasa lo mismo.
-
¿sentís culpa?
-
No, nada que se le parezca. Por el contrario,
lo que pasó no me ha quitado la sensación de haber sido cambiado.
Se pasó a la reposera de al lado para apreciar la vista,
y continuó en tono comprensivo.
-
Igual no me contaste nada sobre vos.
-
¿qué de mi vida? Nada tan interesante como la
tuya – le dije usando mi tono más irónico. Como ví que su gesto era de enfado,
decidí proseguir sin más chistes. – como vos la verdad que mi vida debería haber
sido perfecta, pero parece que nosotros no podemos tener un final feliz.
Mamá, cuenta que en su juventud era una
mujer muy diferente. Era contadora, tenía su propio estudio, la verdad que por
lo que cuenta se daba una buena vida.
Entonces lo conoce a mi papá que tenía comercios
en el centro de la ciudad.
Papá como te digo, también tenía plata. Pero
como todo tipo que se dedica a los negocios tenía un carácter muy fuerte.
Cuando yo era chica recuerdo que en casa
no faltaba nada, siempre vacacionábamos fuera del país, creo que nunca menos de
un mes.
Ellos dos tenían autos, cada uno sus
ingresos, una vida perfecta. Yo era muy feliz.
En la medida que crecía el aire en casa
empezaba a enrarecerse. Al principio a papá le molestaba que los clientes
llamaran a mamá a su teléfono particular, después empezó a marcar la forma en
la que se vestía.
Mi vieja lo quería mucho, muchísimo,
ella estaba dispuesta a hacer todo lo que a él le hiciera feliz. Empezó por
dejar de atender el teléfono, después solo trabajaba con clientas mujeres, no
volvió al gimnasio, ni a tener amigas.
Pero para papá no fue suficiente. Yo me
daba cuenta de que él estaba cambiando, pero no sabía por qué.
Llegó un momento en que estábamos las dos
en la casa, no salíamos a ningún lado. Inclusive llegó a vender su auto, decía
que no era necesario, que generaba gastos. Para ir al colegio me alquilaron un
transporte, en lo más profundo creo que mi papá tenía pánico de que mamá se
diera cuenta que él en realidad no era el tipo del que ella se había enamorado
Claro que no tardó en estar depresiva,
empezó a engordar, descuidó su aspecto, ya no se pintaba, no se peinaba, no se
compraba ropa. Entonces me di cuenta que no era miedo lo de mi viejo, estaba
decidido a destruirla.
Todos los días escuchaba como golpeaba
su autoestima con observaciones sobre su imagen, sobre su aseo personal, sobre
sus capacidades. Se recibió de hijo de puta.
Todos los días la hundía un poco más y
un poco más.
Perdida en la depresión, caía cada vez
más bajo. Ya no quería levantarse de la cama, entonces empecé a hacer de comer
yo, limpiaba la casa, hacía las compras y todo lo que pudiera. Pensaba que, si
hacía las cosas bien, entonces ese día él podría perdonarla y no destrozaría su
humanidad con sus agudas palabras ni bien cruzara la puerta.
Román, se ha sentado de lado en la reposera para mirarme
a la cara mientras yo hablo. Pero no tengo ganas de ver a nadie mientras repaso
mis miserias, por eso sigo mirando las estrellas que parecen no juzgar mi
historia, ni sentir pena por mí.
-
Estoy segura de que era un viernes de
invierno, yo venía sentada del lado de la ventanilla en el transporte escolar. Y
ahí estaba, como si nada, se reía mostrando todos los dientes, sentado en un
café con una mina que no tenía más de 25 años
Yo creí que me iba a morir, el desengaño
para una nena de 12 años es terrible. Aunque el fuera un forro, seguía siendo
mi papá. Nadie debería presenciar lo que yo ví.
El transporte se paró en el semáforo y
yo me pegué a la ventanilla al tiempo que mi papá la ayudaba a levantarse y la
besaba con suavidad en los labios.
Caí desplomada en el asiento, no hablé
en el resto del viaje.
Cuando llegué a casa, saludé a mi mamá
que estaba tirada en la cama con la luz apagada, fui a la cocina y preparé la
cena.
Mi mamá no se levantó a comer, como casi
todas las noches. Los dos estábamos solos en la mesa, y quise hablar, pero no
pude. Se me anudó la garganta y solo pude salir corriendo a mi pieza a llorar.
Papá me siguió, me vio llorar y se la
agarró con mi vieja – ¿vos te das cuenta lo que haces? Mirá como esta tu hija, por
lo menos te podrías levantar a comer en familia ya que no haces otra cosa- y
siguió gritando casi una hora.
Me sentí terrible, me sentía culpable,
porque mi vieja no había hecho nada.
A la noche siguiente mi vieja se sentó
en la mesa, pero no pudo comer, solo empezó a llorar.
Jamás vi a mi papá así, tiro los platos
y se fue dando un portazo a la voz de – en esta casa es imposible vivir con
ustedes dos-
Yo me acerque a mi vieja y le dije lo
que había visto, pensé que ella me iba a agradecer, que entonces todo sería
diferente.
Pero me equivocaba de nuevo, una pendeja
no tiene que meterse en cosas de grandes.
-
Pero ¿qué te dijo? ¿te culpó a vos?
-
No, pero lo justificó. Que claro que iba a
tener otra mina, si ella era un desastre, que ella no se merecía un hombre así,
que tenía que cuidarlo y hacerle caso, porque al menos él nos respetaba y
gracias a él teníamos todo lo que teníamos.
Me prohibió que le fuera de decir algo a
mi papá.
Igual no tardó mucho en dejarnos solas a
las dos, a los pocos días llegué de la escuela y encontré a una mujer llorando
en el piso, se había orinado encima y arrancado la mitad de los pelos, no
quedaba allí nada de lo que mi mamá fue.
Me acuerdo de que como pude la arrastré
hasta el baño, la bañé y la deje bajó la ducha un rato. Entonces vi que en la
pieza no quedaba nada de mi papá.
Se había ido, y ni siquiera me espero para
decirme chau. Los años donde yo era la luz de sus ojos había terminado para siempre.
O al menos eso creí yo.
Mi abuela, por lado paterno, que siempre
lo apoyaba y le daba la razón, nos denunció. Le dijo al Juez que mi mamá no
podía hacerse cargo de mí, los psicólogos lo confirmaron, me obligaron a
dejarla y a vivir con mi papá y su nueva novia.
A las semanas volví a mi casa, mi vieja
no me quiso abrir. Ni siquiera me abrió la puerta, desde el otro lado me gritó
que me fuera, que no volviera.
Me pasé toda la tarde llorando sentada
en la puerta de la casa, tipo 21hs apareció el auto de la novia de mi viejo,
sin bajarse empujo la puerta trasera desde adentro.
Golpeé la puerta una vez más -mamá, déjame
entrar por favor- pero nada.
Desde ese día no volví.
Viví en la casa de mi viejo sin que él
me hablara durante 5 años. Al último tenía una media hermana.
La bebe no tiene la culpa, era hermosa,
pero cuando me iba a dormir sentí como mi papá le decía – vos sos la luz de mis
ojos ¿sabés? - entonces dije que tenía que salir de ahí sea como sea.
A los meses conocí a Leandro, y bueno
creo que lo demás es historia.
Román tenía esa mirada de compasión, que tanto me molesta.
Caminé molesta por los recuerdos y por ver que Román
sentía pena por mí.
-
No se para qué te conté esto
-
Pero pará, no te he dicho nada
-
No hace falta, con esa cara me lo decís todo.
Ahora sentís pena por mí seguro
-
Nada que ver – se levantó y me quiso abrasar
Nunca vio venir el golpe, le di justo entre el ojo izquierdo
y la nariz con el cenicero.
Se agachó mientras se tomaba la cara con las dos manos,
corría la sangre entre los dedos. Y algo de eso me trajo a la memoria y la
entrepierna la noche en la que nos conocimos.
-
No me vuelvas a tocar así, ni a mirarme con
pena – le dije mientras lo obligaba a enderezarse tirando de los pelos de la
nuca.
Me miró fijo por unos segundos, estoy segura de que escuché
como la sangre en sus venas rompía en hervor. Los ojos se le pusieron rojos.
Me levantó del cuello con las dos manos, me torció la
espalda hacia atrás en la baranda.
El tiempo se detuvo, caía sobre mi cuello la sangre
tibia. La falta de oxigeno y la presión en el cuello completaron la escena en
mi ente.
Lo miré como pude, estaba transformado, decidido a matarme.
Con dos dedos tomé sangre de su cara y me lamí con placer.
Ante aquello, me soltó y me regaló una mirada
desorientada
-
Estas loca, me desfiguraste la cara
-
Shhhhhh – susurré mientras me llevaba un dedo
en señal de silencio a la boca
Me acerqué, y empecé a besarlo en medio del torrente de
fluido tibio.
Entonces supe que lo que me produce orgasmos no es Román,
es la sangre, el peligro, el juego de la vida y la muerte.
Creo que estoy enferma.
No habíamos terminado todavía cuando el celular le sonó. Lo
tapó nervioso, y salió a la calle a contestar.
Entro a los pocos segundos:
-
Viene un amigo, me vas a tener que esperar un
segundo – señaló mientras se limpiaba en la ducha la sangre.
-
¿ahora? Son las cuatro de la mañana
-
Si. No es nada, solo necesita plata urgente. Ha
tenido un imprevisto
A los minutos salió de la casa y un auto todo desbaratado
se frenó en la sombre de los árboles. No pude ver nada.
Pero el un mensaje en el teléfono decía:
“No te hagas el pelotudo, necesito plata”
El nombre del contacto decía “El Manco”
Creo que algo está planeando…
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