Hasta que Llueva ( Historia trágica)

 

Como cualquier niño de 15 años, no sabía nada del amor y de los desenlaces que este puede tener. Era un niño tímido, que apenas se estaba dejando invadir por estos sentimientos, era demasiado pequeño todavía para saber lo pasaría.

Se vieron por primera vez en el centro una noche de domingo, en el pueblo era habitual que los adolescentes salieran a dar vueltas y a tratar de que alguien se fije en ellos, buscando inocentemente entrar en el mundo adulto sin saber que esto implica historias de amor, desamor, traición y muerte.

La primera vez que la vio le llamaron la atención sus ojos chinos, su piel blanca llena de pecas y su largo pelo negro. Ella era flaquita como él, aparentemente de la misma edad o quizás un poco menos.

Él estaba embobado y cuando uno de sus amigos gesto un casual e intencionado encuentro caminando a tras mano de ellas, se hablaron por primera vez.

Nadie puede saber de qué hablan chicos de esa edad, donde la vida es demasiado joven para contar historias y demasiado hormonal para tener cordura.

Se vieron otros domingos, en la plaza, a la salida de la iglesia, en el centro, en el barrio. Le llevo un tiempo saber que esa chica vivía a una calle, nunca la había visto antes, pero ahora no podía dejar de pensar en ella.

Parecían corresponder, salvo porque alguien más se disputaba el corazón de la niña.

Entre idas y vueltas se pasaban los domingos en un sinfín de historias cortas que no vienen al caso.

Ese verano se festejó en la provincia por primera vez la fiesta de la vendimia juvenil, fue un acto hermoso y austero, que como frutilla de la torta termina coronando a la joven.

Durante la premiación ella le regalo un par de miradas cómplices, había que ser cautelosos o alguien podría intuir la pequeña historia que se estaba gestando.

Después de muchas fotos y saludos ella se aleja de la multitud, camina derechito haciendo galas de su majestuosidad, camina mientras lo mira fijo a los ojos. Él se pone nervioso, sabe que hay gente mirando, su contrincante incluso, pero su mirada lo tiene atrapado.

Cuando llega lo besa en la mejilla, lo mira fijo y le toma la mano. Él no sabe qué hacer y ella le pide que la acompañe a casa. Caminan los dos de la mano durante tres cuadras, como todo un caballero la despide en su casa bajo la mirada expectante del padre.

Todo parecía que sería una historia de amor, llena de momentos lindos, aunque el corazón de la niña es demasiado pequeño para decidir entre dos contrincantes. Uno de ellos es desde hace un tiempo quien corresponde, por el otro lado, nuestro protagonista se abre despacio un lugar en la historia.

Pasan muchos meses y entre ganadas y perdidas, el niño comienza a entender que el amor no es un camino recto, que está lleno de sorpresas y a veces de dolor.

Un tiempo después, llegado el invierno, se cruzan cuando ambos salen para ir a la escuela. La de ella queda a 3 cuadras en una dirección y la de él a 8 en el sentido opuesto.

La casualidad se vuelve hábito rápidamente, todos los días se retrasa en salir para poder cruzarla como por casualidad. Un día ella camina sola y al verlo se queda para en la esquina, el agacha la cabeza y pasa por detrás sin mirar, sabiéndose recientemente derrotado en la puja por tal amor. Ella interrumpe la madrugada con su nombre y le pide que la acompañe, que todavía esta oscuro y tiene miedo de caminar sola. Obviamente el accede con el corazón sobresaltado por sentirse otra vez en carrera.

Así fue durante muchas mañanas, pero hubo una en particular. En la esquina acordada, él la espera, cuando llega en lugar de besarlo en el cachete lo abrazó, y así se quedaron un rato. Tenía algunos signos de tristeza en sus ojos chinos, no entendió del todo el niño que hacer pero cuando ella lo miraba tan cerquita a los ojos no podía pensar nada más que en besar sus pequeños labios, pero por algún motivo no pudo hacerlo. Ella le acarició el rostro y volvió a apoyarse en su pecho, luego caminaron las tres cuadras y se despidieron como siempre.

En la helada de junio el timbre  anuncia que la hora de entrada ya había pasado en su ecuela, corre y el aire helado le entra en los pulmones hasta doler, pero no le importa porque esta seguro de haber vivido uno de los momentos más cálidos que jamás podría haber imaginado.

Pasaron un par de días y ella no apareció por las mañanas, pero una tarde jugando a la pelota pudo ver con sus propios ojos otra batalla perdida. Caminaba acompañada por su contrincante, ambos de la mano y al llegar a una esquina se despiden con un beso. Quizás el beso que él no le dio.

Hasta aquí el niño ha conocido el amor, la ternura y ahora el dolor que lo anterior suele producir. Como consecuencia se ha ofendido, el dolor lo aleja y sigue con su vida seguro de que se ha equivocado y que nada de esto merece la pena.

Pasan las semanas y un día mientras juega en el patio, su mamá lo llama – vení que alguien te busca.

Ahí está ella, toda colorada de vergüenza, nerviosa con algo que decir, pero la juventud no le ha regalado todavía la manera de hacerlo. La acompaña una amiga que insiste varias veces -dale, decile – pero la niña no sabe cómo iniciar.

Entonces la amiga se cansa y dice – yo me voy, ¿sabes qué te quiere decir? Que quiere andar con vos. Ya esta se lo dije yo, ahora me voy charlen ustedes-

Los dos están muy colorados, se quedan un rato callados. Hasta que consiguen romper el hielo, ella le dice – estuve pensando mucho, yo sé que me he portado mal, que he sido mala. Pero esta vez estoy segura, y me gustaría que fueras mi novio, va si vos querés.

Pero él esta inmutable por fuera, aunque eufórico por dentro. Sin embargo, se siente un hombre y se va a hacer respetar, nadie juega con él y es perdonado tan rápido. El niño sin saber ahora a aprendido de algo terrible, aprendió a ser orgulloso y le costará caro…

El quiere decirle que sí, abrazarla y darle el primer beso que desde hace meses se deben, pero el orgullo le opaca la vista.

Ha tomado una decisión y la respuesta es NO, lo que le ha hecho no está bien y nadie puede perdonar algo así. Ella lo mira confundida, en sus ojos se ve lo que tamaño rechazo le ha dolido, así que se despiden sin besos en la mejilla esta vez.

El niño no sabe, él nunca podría haber imaginado lo que va a pasar.

En la noche no puede dormir de la emoción, ha elaborado todo un plan para poder decirle que sí, pero sin quedar como que ha dado el brazo a torcer, podrá seguir siendo un hombre que marca las reglas del juego. Va a salir de nuevo a la misma hora que ella a la escuela, entonces se van a encontrar y como quien no quiere la cosa charlando le va a decir que está bien, que pueden ser novios.

Pero él no sabe.

A la mañana siguiente ella no apreció, tampoco al día siguiente, ni en toda la semana.

Un jueves de primavera, el niño sentado en la mesa frente a la ventana toma el té. Recién llega de la escuela, está en patas y sin remera.

La media tarde se ve interrumpida por una frenada violenta, las gomas chillan sobre el asfalto frente a la ventana, aparece la madre de la chica corriendo, entre gritos se sube al auto y este en una maniobra más violenta da la vuelta y sale disparado.

Miró el reloj, las 18.37hs y por algunas extraña razón, en el pecho algo se desinfló. Agarró una remera y unas zapatillas tan rápido como pudo, salió de su casa siendo un niño asustado, no sabía a done iba, pero sabía que la dirección era la correcta, fue tan rápido como pudo, porque el corazón se le apagaba sin entender por qué.

A cuatro cuadras la gente se agolpa, ahora se acerca despacio, lo presiente y no quiere ver.

Alguien levanta como puede a la madre del suelo, a su izquierda aparece una silla y la sientan mientras grita en un estado de nervios terrible. A la derecha algunas personas dejan caer una sábana blanca en el piso, hay alguien debajo pero no se mueve.

El hasta ahora niño, se acerca sabiendo, pero sin creer, mira de reojo totalmente aterrado.

Ahora es un adulto, la niñez se le escapó del pecho sin querer.

Por debajo de la sabana sale un brazo y en la muñeca una pulserita, fina y dorada. La conoce muy bien, jugo con ella muchas mañanas mientras caminaban de la mano.

Volvió a su casa siendo un hombre con el pecho vacío.

La tarde fue triste, tan triste como puede una tarde ser.

Los amigos del barrio llegan de apoco mientras la noticia los alcanza, y se juntan en la esquina para esperar, para verla por última vez.

Casi a las 4 de la mañana llegan unos furgones blancos, bajaron primero algunos arreglos florales y algo como una mesa, unos instantes después llego otro furgón y bajaron de él algo terrible, un ataúd.

Los niños quieren ir, pero no pueden. Es muy duro, todavía son muy jóvenes para saber qué hacer. El ahora hombre de corta edad se aventuró en entrar, esperaba verla por última vez. Pero resulta que la última vez fue hace días, cuando le dijo que no. Ahora el cajón está cerrado, y no podrá verla.

Envueltos en angustia de apoco se van a dormir de a uno, el día será largo.

A la mañana siguiente la gente se agolpaba de manera increíble en el garaje, mucha gente fue a verla, los chicos del barrio montan una guardia.

Fue tan horrible que ya no puedo seguir escribiendo en tercera persona, porque fue muy duro, ver a tus hermanos de 3 o 4 años llevando los ramos de flores al cajón de su hermana, ver a tu mamá sin vida todavía respirando, ver ese cajón y saber que estás ahí, tan cerca pero tan lejos.

Todo fue difícil ese día, recuerdo que no llore si no hasta que me fui a bañar al medio día, entonces tuve la brillante e inocente idea de pensar “me voy a tener que arreglar más lindo que nunca para la última cita”, y entonces lloré, lloré como lloro ahora al escribirte esto, porque el orgullo me robo tus besos y tuve que quererte en silencio mientras vos dormías en un cajón.

Como toda lo que sucedió en nuestra historia, te lloro a escondidas, hasta el día de hoy que decido contar nuestra historia 20 años después, con miedo y culpa de saber que podría salvar a alguien de cometer mis errores y no hacerlo.

Parece un argumento de novela, pero lo malo de la vida es que cuando estas cosas pasan, no hay un corte donde el fallecido se levanta y toma algo con el otro en el set. Acá no, acá no pasa eso, te fuiste y te fuiste para siempre.

Lo peor quizás fue como fueron las cosas, yo estaba devastado, tanto que quizás no me di cuenta que soy mal actor. Cuando fueron a sacar el ataúd para llevarlo hasta la carroza me había parado en el dintel de la puerta junto a mis amigos y otros centenares de personas, mientras te sacaban un hombre me miró entre la multitud, hizo que los demás se detuvieran y me cedió con un gesto su lugar para cargarte.

Había tanta gente que apenas podíamos caminar entre la multitud, la carroza en lugar de esperarnos empezó a andar mientras te llevábamos alzada, caminamos media cuadra para que todos pudieran despedirse, fueron los 50 metros más largos de mi vida.

A mitad de camino como si todo esto no es suficiente, entre la persona que lleva la manija que va frente a mí y yo, una mujer se abalanza sobre el cajón y grita tu nombre. Tardaron unos minutos en poder retirarla.

Yo a estas alturas ya no puedo seguir haciendo fuerza, no sé si es el peso del cajón que se me clava en la mano, el corazón, la pérdida o la mente que tratar de entender que estás ahí adentro.

Por fin la carrosa se detiene, y la gente del servicio fúnebre quiere tomar el cajón para introducirlo, pero yo ahora no quiero soltarte. Tuvieron que decirme dos veces por que no podía dejarte.

En el cementerio las cosas no fueron mejores, cuando te pusieron en el nicho no sabía como darme vuelta y salir de ahí sin vos. Fue terrible, pero así pasó, salí pero no del todo, una parte mía se quedó allá con vos.

En tu casa según me dijeron podían sentirte todavía, tu papá dijo que vos ibas a subir al cielo cuando llueva.

Pasaron 6 días en este desértico clima pero el día de mi cumpleaños la lluvia fue torrencial.

Pasaron varios años hasta que pude ir a verte, durante ese tiempo pedí muchas veces a Dios que me dejara soñar con vos, para verte una vez más y que no fuera nuestro último encuentro cuando te dije que no. Pero no tuve suerte, soñaba, pero en mis sueños todavía estoy solo.

Un día fui al cementerio, cinco años después, solo pude llevarte una carta con dos palabras, no hacían falta más. La Carta decía… “Todavía duele”.

Ahora 20 años después aún me lamento por el beso que no te di, pero pude entender…

                                                           Los ángeles no se pueden besar.

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